Mi casa
3 Junio 2009
Tener casa propia no es un tema baladí, insignificante o irrisorio. Se me ocurren muchas cosas del por qué cualquier persona madura debería de tener su propia casa. Voy a decir algunas. En primer lugar, porque cuando uno es normal y vive sólo en su casa y percibe la terrible soledad, se da cuenta de la imperiosa necesidad de relacionarse con otros y no sólo de manera ordinaria. La casa, en este sentido, es apertura a los otros. Pero, también, tener casa es tener un lugar donde permanecer, donde se garantice la estabilidad, un lugar donde se eche raices. Por tanto, la casa abre la posibilidad al orden y a sentirse digno por el señorio que da la propiedad, esto es, aquello propio que posibilita la creatividad para sacarle el mejor rendimiento, y no aquello que se posee egoistamente y que se acaba despreciando al envidiar lo que es del otro.
Por eso, B16 dijo que el esclavo es el que no tiene casa, esto no haciendo una descripción meramete histórica o social, sino atendiendo a un dato empírico: el esclavo va de un lado a otro, pues no posee nada, no se posee ni siquiera a sí mismo. Es decir, el esclavo es el que se deja llevar por todo, por las modas o por los intereses de los otros, porque no tiene esa capacidad de decidir por sí mismo y sobre sí mismo. Qué elocuencia diabólica la que impide que los jóvenes posean casa propia, déjándolos en los derroteros de lo instintivo y de lo liberal, por no decir de la dictadura de los que sonríen al gustar la ausencia de personas maduras. Cuando lo humanamente necesario se convierte en el negocio enriquecedor de unos pocos, es cuando sobreabunda el pecado, esto es, el comportamiento propio de los que se alejan de Dios.
En último término, a muchos nos queda descubrir, si no concienciarnos, que nuestra casa, nuestra verdadera casa es el Cielo. Lo que ocurre, como en todo, es que para gustar de las cosas divinas hay que primero gustar de las del mundo, que son puente de aquellas, pues quien no goza ordenadamente de lo mundano no podrá darse cuenta de la necesidad que tiene de gozar de lo del Cielo.
Después de leer lo escrito, puede ser que el menda no tenga razón en nada, aunque creo que lo de B16 fue muy acertado.
DerechoaVivir
3 Junio 2009 at 11:04
Estimado amigo:
Lo de la propiedad de la casa, lo de tener una casa, no me parece lo más importante, quiero recordarte algunos ejemplos de la Sagrada Escritura: a Abraham el Señor le llama a salir de su casa y de su parentela; al joven rico le alienta a dejarlo todo para seguirle, y el mismo Jesucrito dice: “El Hijo de Dios no tiene donde reposar la cabeza”… a veces no es lo mas importante, te digo mi experiencia, cuando me fui a casar no tenía casa propia, comenzamos el camino del matrimonio fiandonos de Dios, en una casa alquilada con muebles, el Señor poco a poco va poniendo los aconteciemintos en nuestra historia para ver la necesidad (permiteme que lo llame así) de poseer una casa, pero esto tampoco debe desvirtuar la importancia del seguimiento de Jesús…el joven rico se fue triste porque “tenía mucho” y le impedia seguir al Señor, lo mas importante es seguir al Pastor dejando atrás las cosas mas materiales que nos puedan “dejar en el camino”.
Gracias por tus comentarios.
Un saludo
3 Junio 2009 at 11:56
Si, tienes razón. Pero no podemos empeñarnos en ver el vaso medio lleno cuando está a la vez medio vacío
3 Junio 2009 at 19:05
Ciertamente, este tema de la “casa” es para mí, muy sugerente. Permitidme algunas pequeñas consideraciones que sirvan para enriquecer el diálogo. Sin salirme del contenido de la reflexión inicial, me da pie para enfocar la imagen de la “casa” desde otras perspectivas.
La tradición filosófica ha reconocido su importancia.
El mundo griego y en concreto Aristóteles dicen que la “polis” es el lugar donde el hombre desarrolla su libertad, se forjan las costumbres, se plasma el carácter, se adquieren unos hábitos que hacen posible una convivencia. La polis es escuela de virtudes (no somos virtuosos por naturaleza, es preciso una educación en las virtudes). Sin ella, sin esa casa, sin ese lugar llamado “polis” el hombre es un salvaje, es un bárbaro.
Martin Heidegger –filósofo alemán que intenta conjugar el tomismo y el kantismo- apunta también su relevancia para nuestra vida. Cuenta una anécdota sobre Heráclito. Unos extranjeros querían conocerle. Al entrar en su casa se quedaron sorprendidos y hasta defraudados al encontrarle, como a cualquier otro, calentándose en la cocina. A ello respondió el filósofo griego: “Aquí están, también, los dioses”, es decir que el hombre tiene su morada ante Dios.
Heidegger interpreta el aforismo heracliano diciendo que la verdad más profunda del hombre se revela en lo habitual, en lo cotidiano. En cualquier acción por más sencilla y baladí que fuera, ahí, en ese lugar, en esa morada habita, se revela lo trascendente.
Hoy hemos caído en la sospecha de que la misma experiencia diaria no es buena, es algo que me oprime. No sabemos encontrar en lo cotidiano algo prodigioso. Me aburre estar en casa, estar con mi familia, con mis hijos, mi trabajo… Por eso estamos a la caza de experiencias fuertes, extraordinarias que me hagan sentirme bien. Un viaje, una fiesta, una experiencia sensacional…
Esto ha provocado que el hombre pierda la referencia, un ámbito, una casa, un lugar, una morada donde construir su vida… Es un hombre arrojado a la intemperie, un nómada que no tiene casa propia. Es un vagabundo que ha perdido la meta, se le hace inalcanzable. Desde aquí a la desesperanza hay un paso muy corto.
El que no ha sucumbido a esta visión se convierte, por el contrario, en un peregrino. También camina pero sabe a donde va, no es errático. Sabe que va de paso pero conoce muy la meta. Camina, pero va a una casa, se dirige a un punto muy concreto. Vive de un objetivo, vive de una esperanza. Sabe encontrar en cada sencillo paso de su caminar un sentido trascendente.
Creo que estas ideas pueden ser muy ricas para nuestra reflexión. El hombre necesita un “lugar”, una casa para poder crecer y lograrse, para poder alcanzar su perfección. Necesita una morada donde pueda vivir en relación con otros, donde pueda comunicarse-entregarse. Uno crece si se encuentra con otros.
Sin duda alguna, será la familia ese “lugar”, esa “casa” donde pueda alcanzarlo de una manera más plena y total. Por debajo quedan el trabajo y la sociedad. Por desgracia, al primero voy a ganar dinero, mi compañero y yo podemos ser dos desconocidos y en el segundo, la sociedad diluye al individuo en la totalidad (prueba de ello son los regímenes totalitaristas del s. XX).
En ese hogar y haciendo las acciones más corrientes de la vida es el lugar, es la casa donde el hombre puede ser feliz.
Ante esto, nuestra tarea será reconstruir esa morada para los hombres.
4 Junio 2009 at 14:43
Me ha encantado esto que has dicho de que en lo cotidiano no sabemos encontrar lo prodigioso. Tal vez, por eso, nuestros jóvenes no se encuentran con Dios, porque les falta esa base de lo cotidiano, es decir, de lo habitual, del orden, de la estabilidad,…, que, en definitiva, son rasgos de madurez.
23 Junio 2009 at 22:43
Querido amigo: He entrado aquí desde Todoerabueno y como usted me hace pensar me permito discrepar, aunque no en todo. Para ser breve diré solamente que los jóvenes -algunos- van descubriendo que su propia casa no es una propiedad sino algo que se les ofrece para ser construido amablemente cada día. Los Okupas son, en este sentido, herejes porque no son amables. La propia casa ni se compra ni se roba: hay que hacerla. Y hay que poner especial interés en los cimientos.
25 Junio 2009 at 11:39
Estoy totalmente de acuerdo contigo, Javier. La casa es algo que tiene que ser construida y si los cimientos son inadecuados, la casa acabará por venirse abajo. Ahora bien, ¿quiénes son los cimientos?, ¿la educación?, ¿los padres?