Porno

“La concupiscencia de los ojos implica una relajación del abrazo, una dispersión de lo íntimo, un troceamiento del cuerpo en puntos de vista sucesivos.
Lo que muestra la pornografía es cualquier cosa menos un acto carnal.
Los actores  […] están obligados a abandonar lo táctil para entrar en lo visible.
Trabajan para desencarnarse.
Lo que les vuelve obscenos no es acostarse juntos, sino precisamente no hacerlo.
Porque en el acto de la carne, hablando con propiedad, no hay nada que ver.
La pornografía desespera de darnos a ver lo invisible y de abrazar una multitud.
Lo que le da su poder de fascinación es este platonismo interrumpido, a medias.
Se queda en el sentido que permite percibir la belleza, pero sin responder a su doble llamada, es decir, sin entrar en lo físico, ni tampoco elevarse más allá.
Se aparta igualmente del compromiso del abrazo y de la elevación de la visión”.

Me ha encantado este texto de Fabrice Hadjadj. ¿No se señala aquí, con claridad, esta diferencia entre abrazar y poseer, entre ir más allá de la carne o absolutizar el placer carnal utilizando al otro? La pornografía, no cabe duda, es esto último.

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