No todas las pegas son malas

Acabo le leer el artículo “ustedes están para atraer a la gente, no para poner pegas” de un genial sacerdote llamado Jorge. No obstante discrepo un poco (no pasa nada por discrepar ya que un buen blog es para crear opinión y las opiniones no siempre deben dar prendas espléndidas).

La cuestión: ¿solo cabe la resignación cuando te piden un bautizo, una comunión o una boda sin preparación alguna? ¿Hay que “tener manga ancha” o “brazo izquierdo” con personas alejadas de la Iglesia que vienen a pedir cualquier sacramento? Yo pienso que no. Es verdad que no hay que ponerlo imposible, pero una pega o dos son pedagógicas. Sí, el ser simpático enseña, pero también las pegas enseñan en un mundo blandito que se ha cargado cualquier norma porque la autoridad molesta. Una buena pega –¡ojo!– marca el límete de acción, señala que no todo lo que se piensa o se imagina como posible se puede realizar y, por tanto, educa que la realidad no siempre se doblega a la humana voluntad, que uno no es Dios. Pero ¿no habrá que ser cautelosos?, ¿no tendremos que tener miedo en poner ni siquiera una pega?, porque ¿no convertiremos de este modo a la Iglesia en un bastión infranqueable para aquellos alejados que se ponen al menos una vez en su vida a tiro? ¡No hombre, no! Tal vez a algunos les siente fatal y no vuelvan más. Pero no con todos sucederá así: aquellos que están abiertos a algo mayor que ellos mismos se ceñirán a las pegas.

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5 comentarios sobre “No todas las pegas son malas

  1. Tengo una pega a lo que dices.
    No se trata de poner pegas porque el límite es pedagógico. Las pegas han de ser legítimas, y no fruto del capricho, la comodidad o la ideología del cura de turno.

  2. Creo que, en general, la Iglesia pone tan pocas pegas que “vende” demasiado baratos los sacramentos. Convirtiéndose casi en una dispensadora de los mismos, casi como una máquina dispensadora de Cocacolas, que entrega una a todo el que le echa una moneda.
    Tal vez sea éste un lenguaje demasiado fuerte pero, ya se sabe que lo que no cuesta, no se valora. Y no me refiero en este caso al aspecto económico.
    Además está el problema añadido de que, por “dispensar” los sacramentos a todo el que los pide y no a los realmente convencidos, intentando llegar a todos, la preparación para los mismos no puede ser la mejor ni la más adecluada. Esto puede darse igual en bautizos, primeras comuniones o funerales. Por el contrario, la Unción de los enfermos, y por supuesto, la Penitencia, que no van asociados a ningún evento social, se administran mucho menos de lo deseable porque las personas los solicitan muy poco.

    Resumiendo, habría que ser mucho más exigentes y aprovechar esas “pegas” para catequizar y evangelizar, explicando despacio a estar personas el sentido auténtico y verdadero de eso que están pidiendo y que dista mucho de quedar reducido a un evento social.

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