sensiblería clerical

Un cura me dijo un día que había aprendido a querer a la gente. Yo le pregunte cómo. Él me contestó: “sencillamente, dando a la gente lo que quiere”. La respuesta fue sin duda risueña, generalmente aceptada por quien sea porque es el tipo de respuesta que gusta escuchar. La conversación, que giraba en torno al sacramento de la unción de enfermos, se focalizaba en si el enfermo ya inconsciente tendría que recibirlo o no.

En el número 14 del Ritual de la unción y de la pastoral de los enfermos, en las normas generales (praenotanda), dice que “ha de darse la santa Unción a aquellos enfermos que aun habiendo perdido el uso de los sentidos y el conocimiento, cuando estaban en posesión de sus facultades lo hayan pedido al menos de manera implícita”. De lo que se desprende que, en algún momento, el enfermo debe haber hecho alusión de querer recibir tal sacramento y, por esto, se le debe de dar. Dándole la vuelta: por mucho de que un familiar o un amigo o el mismo cura se empeñe en dar la unción a un enfermo cuando éste jamás lo pidió, ni siquiera implícitamente, no se le puede administrar. Porque hasta para recibir los sacramentos Dios cuenta con nuestra libertad; porque aunque todos tenemos derecho a recibir los sacramentos, no todos aunan las predisposiciones para recibirlos. Quiero decir que, por mucha buena intención olisqueada, no se pueden administrar los sacramentos con el fin de contentar a la gente.

Siempre me encuentro algún cura que me dice cómo tengo que hacer las cosas en la Iglesia, en vez de indicarme qué es lo que dice la Iglesia acerca de cómo tenemos que hacer las cosas.

Existe una actitud que es la de estar muy preocupado en que todo el mundo esté muy contento. Esta actitud, que es muy femenina, la podemos encontrar en algunos curas, en aquellos que les resultara insoportable el pensar que alguien pueda escandalizarse, que alguien pueda irse. No es del todo culpa de ellos. Recibieron una formación piadosa que se quedaba en eso, en lo piadoso. Por el simple hecho de rezar el rosario y poner los ojos enajenados se pasaba a ser idóneo para recibir el sacramento, del mismo modo como hoy te hace apto el ser padre por el mero hecho de tener el semen sano. Ahora, claro, esa formación recibida no puede hacer otra cosa que aflorar en estos curas y ser desplegada en sus parroquias. Hablar de la Cruz, de lo cruento que fue el sacrificio de Cristo en orden a nuestra salvación, y de la necesidad de conversión ante su inminente venida no les gusta nada, porque siempre es más digerible recurrir, por ejemplo, a una versión somera de la adúltera pública. No pueden herir las sensibilidades porque ellos mismos son muy sensibles y, por esto mismo, todo debe ser muy sensiblero. Indudablemente se les señala como los misericordiosos, mas lo que les mueve es una misericordia rancia, una misericordia que sin abnegación ni enseña ni educa ni hace crecer. La Cruz no es un fracaso, es el momento de Gloria (muestra un tal Juan evangelista) y donde no hay Cruz huele a apolillado. Con lo que, en realidad, no hacen otra cosa que engendrar cristianos pusilánimes incapaces de vivir un solo principio moral. Piensan que hacen cristianos felices dando lo que les piden y, sin verlo, amamantan una fe que se acomoda al sentir general. El ser condescendientes con ellos mismos y con el feligrés más es signo de preocupación por encontrarse con el rechazo que de perseguir el bien y la verdad.

El mundo necesita de curas que se presenten no como un sedimento sentimental más de la sociedad, sino que supongan un desafío para nuestro mundo. En mi opinión, estos curas deberían extirparse la sensiblería como se hace con un tumor maligno, no porque no les tolere o me resulte un poco molesta su actitud, sino porque donde hay clérigos sensibleros hay feligreses sensibleros y, por tanto, hay una Iglesia sensiblera.

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