bodas

En un canal de chicas retransmiten un programa de bodas. Sin que haya que ser un lince para darse cuenta del propósito del programa, lo digo: el acto celebrativo, solo éste, debe ser la leche de bonito. No parece que los novios se preparen interiormente y si se preparan, no aparece. Lo que si que aparece claramente es ese no-macho-man organizando el evento, eligiendo lugar, flores, vestidos, etc. A mí me daría igual todo esto si no fuera porque a las jóvenes de la generación-podemos, de repente, se les ocurre casarse (no sé si será porque la ilusión de la boda-bonita-de-la-leche por fin se les materializa en el programa y, como una fijación, deben llevarla a cabo sea como sea) y se les ocurre hacerlo en el lugar más bonito. Esto es, se les ocurre la genialidad de ir a la Parroquia a trastocar cielo y tierra con el único fin de que la boda sea bonita-de-la-leche.

Son tiempos que me joroban un poco porque el acto celebrativo importa más que la persona. Tiempos en los que la celebración matrimonial pasa por encima de la santidad de los novios, en los que el funeral debe ser ¡ya! porque apesta el muerto, en los que en las Primeras comuniones hay tanta fanfarria que lo único que logran es dejar más tonto al niño.

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