Obedecer 

Un muy buen amigo me dijo un día que señalar una decisión como voluntad de Dios era peligroso y que podría acarrear consecuencias realmente negativas. Así me lo dijo porque así lo pensaba. Y podría tener razón. Ante todo porque, si nos damos cuenta, algunos prefieren oír que lo que tienen que hacer es “porque así lo quiere Dios” pues, previendo la equivocación, quieren en sus conciencias trasladar todo tipo de responsabilidad al que manda. ¿Cuántas veces habré oído la ligera afirmación “si obedeces no te equivocas”?

El que manda se puede equivocar, por supuesto. La humanidad es lo que tiene y lo hemos visto a lo largo de la historia de la Iglesia. Por ejemplo, muchos Papas han sido elegidos bajo la suposición de la acción del Espíritu Santo y lo que en realidad ha demostrado su vida es que fueron elegidos bajo la acción de simples intereses partidistas o políticos por la sencilla razón de que entre el Papa elegido y la acción del Espíritu Santo se encontraba un colectivo formado por hombres. Tal vez se podría insistir en contra de esto que la elección de un Papa siempre es fruto del Espíritu Santo alegando que son las posteriores elecciones egoístas del mismo Papa las que envilecen su papado. Pero el mal no brota como un hongo cuando caen las primeras lluvias primaverales. Además, si fueron malos Papas no lo fueron por el simple hecho de ser malos, sino porque no fueron humildes y jamás pidieron perdón.

Esta obviedad de cómo la humanidad es capaz de inclinar la balanza a su antojo con respecto a decisiones cruciales en la vida eclesial, me hace caer en la cuenta de eso tan maravilloso y tantas veces mal usado que es la libertad. Si dijéramos que todo lo que pueda mandar un superior es voluntad de Dios estaríamos profesando un Dios que manipula la libertad de los hombres a su antojo. Ni Dios es un manipulador ni Dios quiere ni siquiera que actuemos sin razón. Si la Iglesia me dijera que la pared que tengo enfrente es negra cuando en realidad es blanca, yo diría aquello que un buen día dijo Chesterton: “la Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza”.

Pero, ¿acaso estaré yo diciendo que no hay que obedecer a los superiores sean éstos quiénes sean, bien catequistas, curas u obispos? No, por supuesto que no. Lo que pienso es que tenemos que vivir sujetos unos a otros porque lo que sí que es voluntad de Dios es que, a pesar de las decisiones equivocadas, se manifieste algo inimaginable. Sí, el estar en la Iglesia es aceptar sobriamente su dimensión humana, falible, pecadora, y en ella –¡aquí la insólita paradoja!– podemos encontrar cada día el modo de remontar desde la miseria para mostrar que el justo vive de la fe. Siempre es posible que en medio de la opaca humanidad pueda despuntar una luz.

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2 comentarios sobre “Obedecer 

  1. Hay una obediencia repugnante para la que habría que encontrar otro nombre porque la que se predica de Cristo “obediente hasta la muerte” es muy amable. La diferencia entre esa cosa repugnante que no merece el nombre de obediencia y la amable obediencia de Cristo salta a la vista porque la repugnante hace que los esclavos sirvan a los esclavistas mientras que la de Cristo -tan amable- hace que ya no haya esclavos sino hijos de Dios para horror de los amables esclavistas.

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