tetas y danzas

Hoy pululan por el aire dos mujeres. Una era amable (como diría don Javier) y generosa porque no hacía rapiña de nada. Eso sí, esta sabía que las cosas hay que darlas cuando hay que darlas. Que todo tiene un por qué. Por eso, por no querer entregarse totalmente a un hombre cualquiera, le rajaron las tetas y la mataron. La otra mujer no era tan amable. Ni siquiera un poco altruista. Esta decidió que su hija danzara delante de su marido; esta determinó aprovecharse de los encantos de su propia hija para conseguir una cosa espeluznante: que un tío que no tenía en cuenta las consecuencias de decir la verdad, un pobre loco que andaba medio desnudo y comía cosas raras, perdiera la cabeza.

Una es Santa Águeda, que adoraba la virginidad porque era el modo redondo de entregarse a un Hombre para amar a quien fuera. La otra era Herodías, la que fue mujer de Herodes, que manipulaba hasta lo más sagrado de su propia hija porque en realidad no amaba a nadie, ni si quiera a sí misma.

Ciertamente, las mujeres pueden ser amables y maravillosas o pueden ser terribles, ¡diabólicas!, cuando usan de todo lo que tienen para que los hombres pierdan sus cabezas.

(Gracias a ese también generoso padre de pobladas cejas que me ha hecho pensar en estas cosas)

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