El Papa Francisco pide al clero católico que abandone las propiedades no dedicadas al culto

Este es el título que parece resumir el Discurso de apertura de los trabajos de la 69° asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Italiana. Título que podría deducirse de una de las afirmaciones del Papa [“(el Clero) no busca seguridades terrenas o títulos honoríficos que llevan a confiar en el hombre; no pide nada para sí en el ministerio que vaya más allá de su real necesidad, ni está preocupado de atar a sí a las personas que le han sido confiadas”] si fuera lo mismo usar de lo material de este mundo para servir a Dios que idolatrar las cosas de este mundo para buscar la gloria humana con el pretexto de servir a Dios. No es lo mismo.

¿Por qué tal artículo confunde un medio con un fin?, ¿por qué, en definitiva, la confusión se le achaca al Clero para concluir erróneamente que la solución papal es apostar por el deshacerse de las cosas que son buenas por sí mismas? Porque cada vez se cree menos en la Encarnación. 

A lo largo de la historia, una y otra vez se ha hecho presente la herejía de negar que Dios viera la bondad del cuerpo para ser el instrumento perfecto de la salvación. Tal negación no ha podido hacer otra cosa que mirar con sospecha a todo lo que fuera materialidad: de la visión negativa del cuerpo a la visión negativa a las cosas (o bienes o al dinero) e, incluso, a los que las administran, a la jerarquía. 

Siempre nos encontraremos en la misma Iglesia a gente estulta que defienda la total renuncia de lo material a causa de una fe que no basa su argumentación en la verdad, sino en la sola paz, la reconciliación y la misericordia. Palabras que, sin un contenido vertical que las articule, se convierten en demasiado horizontales y, por tanto, en demasiado humanas, pegajosas, cansinas. El camino es claro. Se empieza creyendo y sosteniendo que la renuncia es a las cosas que no son para el culto para deslizarse, de repente, a la demonización de todo lo obstentoso usado en el culto para, al final, desacralizar los lugares santos realizando actividades puramente sociales.

“En el principio… vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno” (Gn 1).

Las cosas de este mundo ofrecen maravillosas posibilidades a los cristianos.

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