Hay algo más importante que demostrar si una reliquia es verdadera o no

En un artículo de Alarmas y digresiones, Chesterton habla de cómo José de Arimatea llegó a Glastonbury (Inglaterra) en el siglo I, la evangelizó y, de paso, clavó en el suelo su cayado que se convirtió en un espino. Tal espino continua recordando el hecho y tal espino continua floreciendo dos veces al año. Chesterton reconoce que no tiene la intención de demostrar que la historia no sea un mito, porque es probable que lo sea, sino para “señalar cuál es la actitud correcta con que debemos enfrentarnos a dichos mitos. La actitud correcta es una mezcla de duda, esperanza y una especie de misterio”. Y sigue diciendo: “La gente moderna quiere establecer científicamente si san José estuvo o no en Glastonbury […]. Sin embargo, es esencial sentir que podría haber estado en Glastonbury: todas las canciones, el arte y las vocaciones que se ramifican y florecen como el espino hincan sus raíces en una duda sagrada semejante. Considerado así, […] la cuestión nos conduce por el camino de realidades muy extrañas, y descubrimos que el espino crece en el centro de un laberinto muy secreto del alma”.

Todo lo que surge alrededor de los mitos, de las reliquias o de las historias de los santos y de aquellos lugares por donde alegremente se pasearon, es lo que nos libra de ser eternamente unos salvajes más allá de si son verdad o no.

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