Gurús del Espíritu

Ayer, miércoles, el sacerdote no predicó en la Misa. Y yo observé cómo después de esta, una chica se le acercó vívidamente para decirle que, en el momento después del Evangelio, a ella le había venido a la cabeza la frase de san Pablo “por la necedad de la predicación viene la conversión”.

A la chica le faltó poner los ojos místicamente en blanco modus Tormenta.

El “buenismo” es asqueroso: este nos hace creernos los gurús del Espíritu Santo para dar consejitos o una palabra al que está por encima, como si la salvación actuara definitivamente a través de nosotros. No es extraño una y otra vez encontrarse a alguien en la misma Iglesia que no puede digerir el modo como Cristo quiso que funcionara objetivamente la salvación, y eso se ve en el desparpajo con el que actuamos frente a la autoridad.

El cocktail paulino estaba servido [“la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden” (1Cor 1,18) mezclado y agitado con “la fe viene de la predicación y la predicación por la Palabra de Cristo” (Rom 10,17)] y el cura, excepcional y misteriosamente, miró a la vívida chica y le sonrió.

(Idiota, esto no trata sobre si los curas deberían o no predicar entre semana ya que, de hecho, no tienen la obligación canónica de hacerlo).

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soberbia estúpida

El que tiene buen gusto y es creativo puede crear cosas de buen gusto y el que tiene mal gusto suele crear cosas horribles aunque las ideas le salgan por las orejas. Por muchas matizaciones que podamos formular es así, pues eso de que todo depende de la percepción subjetiva es un camelo ideado por el buenismo para destruir el realismo. No obstante, es verdad que está el que tiene buen gusto pero que no es creativo, por lo que puede reconocer las cosas bellas y opinar sobre ellas. Y no obstante, también, existe el espécimen que tiene mal gusto, que no es creativo y que condena a los demás a contemplar lo que crea. Esto no nos debe extrañar: en el ámbito de la estética no es difícil tropezarse con el pecado de la soberbia. Y, además de la soberbia, la estupidez, porque el espécimen soberbio jamás puede imaginar que tiene un gusto asqueroso. Es así como hemos llenado nuestras iglesias de asquerosidad, esto es, dejando a estos soberbios estúpidos que las llenen de fealdad.

Sí a la diferencia

El problema siempre surgirá mientras no se perciba meridianamente que estamos hechos para entrar en relación con los demás en la diferencia.

C.S. Lewis (El peso de la gloria), queriendo subrayar la importancia de la diferencia, explica por qué san Pablo utiliza la palabra “miembros” (en griego μέλη; en latín membra) para referirse a los que forman parte de la Comunidad cristiana. San Pablo dice que la Iglesia está formada por distintos miembros del mismo modo que un cuerpo humano está formado de una cabeza, unos brazos, unas piernas, etc. (1Cor 12). Cada miembro del cuerpo está llamado a realizar una función concreta para el éxito del conjunto. Cada uno de los miembros es diferente pero importante a la vez; cada uno posee la misma dignidad aunque tenga un cometido distinto. Nosotros estamos llamados a formar parte no de un colectivo, sino de un cuerpo. Y esto quiere decir que todos estamos constantemente aprendiendo y enseñando según los momentos o situaciones concretas de nuestra vida; que yo, ahora, ahí, tengo que realizar un papel que otro no puede llevar a cabo. Creo que es perverso el presentar al sacerdote como un colega más en la parroquia; pienso que la educación se vuelve fofa cuando los padres insisten en ser amigos de sus hijos o cuando el maestro no es disciplinado con sus alumnos; y opino que los hogares caóticos son aquellos en los que el marido o padre se queda mudo en el momento de tomar decisiones. ¿Nos imaginamos una persona formada solo por piernas o brazos? ¿Podemos concebir del mismo a una sociedad?, ¿somos capaces de imaginar una sociedad sin diferencias?, ¿una sociedad neutra?

El eliminar las diferencias entre nosotros, el renunciar al ministerio que cada uno de nosotros debe cometer en la vida, más bien alude a que somos seres intercambiables y, por tanto, a que ni yo ni los demás somos importantes.

Hay algo más importante que demostrar si una reliquia es verdadera o no

En un artículo de Alarmas y digresiones, Chesterton habla de cómo José de Arimatea llegó a Glastonbury (Inglaterra) en el siglo I, la evangelizó y, de paso, clavó en el suelo su cayado que se convirtió en un espino. Tal espino continua recordando el hecho y tal espino continua floreciendo dos veces al año. Chesterton reconoce que no tiene la intención de demostrar que la historia no sea un mito, porque es probable que lo sea, sino para “señalar cuál es la actitud correcta con que debemos enfrentarnos a dichos mitos. La actitud correcta es una mezcla de duda, esperanza y una especie de misterio”. Y sigue diciendo: “La gente moderna quiere establecer científicamente si san José estuvo o no en Glastonbury […]. Sin embargo, es esencial sentir que podría haber estado en Glastonbury: todas las canciones, el arte y las vocaciones que se ramifican y florecen como el espino hincan sus raíces en una duda sagrada semejante. Considerado así, […] la cuestión nos conduce por el camino de realidades muy extrañas, y descubrimos que el espino crece en el centro de un laberinto muy secreto del alma”.

Todo lo que surge alrededor de los mitos, de las reliquias o de las historias de los santos y de aquellos lugares por donde alegremente se pasearon, es lo que nos libra de ser eternamente unos salvajes más allá de si son verdad o no.